SOBRE EL NEOLIBERALISMO EXTRACTIVISTA Y LA CATÁSTROFE ECOLÓGICA

Hace unos cuarenta años, el etólogo austríaco Konrad Lorenz advertía en su “La decadencia del hombre” que “existe entre los grandes éxitos del hombre el dominio del mundo exterior, pero también su incapacidad, realmente desconsoladora, para solucionar los problemas internos de la especie humana. Esto no se debe, en modo alguno, al hecho de que los problemas internos de la especie -sociales en el más amplio sentido- sean quizá más difíciles de solucionar que los del mundo exterior. Al contrario, no hay duda alguna de que la desintegración del átomo enfrenta a la razón con problemas mucho más difíciles que el relativo a cómo se podría impedir que los hombres se aniquilen mutuamente con ayuda de bom­bas atómicas. Hay muchas personas de inteligencia superior a la media que carecen de la suficiente capacidad de pensamiento abstracto para comprender las matemáticas en que se funda la física atómica de nuestros días. En cambio, cualquier persona normal se da perfecta cuenta de lo que se debería hacer y lo que se tendría que evitar para impedir que la humanidad se destruya a sí misma. A pesar de la enorme diferencia de las dificultades que ambos problemas ofrecen a nuestra inteligencia, la humanidad ha resuelto en pocas décadas lo relacionado con la cuestión atómica. En cambio, frente al peligro de la autodestrucción, que surgió con el descubrimiento de la primera arma -el hacha de mano- se encuentra hoy más desamparada de lo que lo estuviera en su época el hombre de Pekín. Da que pensar el hecho de que la inteligencia más modesta sea capaz de comprender lo que no debería ocurrir, pero que, sin embargo, ocurre. En un periodo de tiempo muy pequeño, considerado desde el punto de vista geológico-filogenético, la floreciente civilización humana, en su continuo ascenso, ha modificado de tal ma­nera toda la ecología y sociología de nuestra especie, que una serie de formas de comportamiento endógenas que antiguamente tenían pleno sentido, carecen ahora no sólo de función, sino que se han tornado inclu­so perjudiciales en grandísima medida”.

A comienzos del siglo XIX, el filósofo alemán Georg W.F. Hegel decía en su “Fenomenología del espíritu” que la etapa de la autoconciencia “había culminado con su hundimiento en la noche del pensamiento universal expresado por la iglesia”, una experiencia negativa pero, de todas maneras, un experiencia de universalidad y, en ese sentido, de la razón, en la medida en que ésta era universal. Por entonces, Hegel proponía que la razón saliese a hacer la experiencia positiva de la universalidad y fue en esa dirección que comenzó a estudiar la naturaleza preguntándose qué relación guardaba ésta con la racionalidad, un tema que hoy resulta de vida o muerte. El hombre debería definir teórica y prácticamente sus relaciones con la naturaleza. Tanto en las sociedades primitivas como en las estamentales, su enraizamiento en la naturaleza no conocía dudas pues formaba parte esencial de su carácter. La naturaleza era la madre que proporcionaba el alimento, hacía brotar las plantas que proporcionaban los frutos necesarios para la alimentación. En sus bosques nacían y se desarrollaban los animales que proporcionaban la carne. El hombre iba a cazar o a recoger el fruto como se lo había ense­ñado algún dios, o como lo había hecho por primera vez algún héroe mitológico. La madre naturaleza podía enojarse y enviar castigos a quienes no la respetaban como era debido. Terremotos, tormentas, inundaciones, derrumbes en las montañas, eran todos castigos por la falta de respeto para el trato debido a la madre naturaleza. Es obvio que esta concepción correspondía a un bajo nivel de desarrollo del ser humano y debía ser superada. No obstante, algo esencial debía conservarse y era, claro está, el trato ami­gable con la naturaleza.

Cuando se produjo la gigantesca revolución con la que comenzó la modernidad Hegel pensaba que “la razón, que creyó llegada la hora de su plena emancipación, planta en todas las alturas y en todas las simas el signo de su soberanía”. Pero esa “razón” evidentemente no tuvo en cuenta la protección de los equilibrios ecológicos del planeta. La tierra pasó a ser no más que un objeto, una cosa, algo a ser trabajado. Más aún, era capital en potencia, si no, era pérdida. Para redituar beneficios debía ser explotada, ergo, destruida, aniquilada. De su devastación fue que surgió y prosperó el capital: los frutos de la expoliación indiscriminada de la naturaleza se valorizan en los mercados internacionales. Y ya no sólo se destrozan inmensas extensiones de ella, sino que su deterioro ahora está seriamente dañando la capa atmosférica. El ambiente se está tornando irrespirable, la vida sobre el planeta Tierra se encuentra amenazada. En todas las sociedades anteriores a la sociedad burguesa, el todo era claramente anterior a las partes; la comunidad, anterior al indivi­duo. En sentido estricto no existía el individuo como se lo entendió a partir de la modernidad. Él no podía verse a sí mismo si no era formando parte de la comunidad, ya se tratase de la comunidad primitiva, la familia patriarcal o matriarcal, la tribu, la gens, la polis, el feudo o la iglesia. Cuando apareció la individualidad, el “homo economicus”, las estructuras anteriores entraron en descomposición.

A mediados del siglo XIX, el químico escocés Robert Angus Smith, a la sazón asistente en el Chemistry Laboratory de la Royal Manchester Institution en Manchester, Inglaterra, observó que en esa ciudad caían precipitaciones que corroían metales, desteñían las ropas, dañaban los vegetales y enfermaban a las personas y los animales. Las denominó “lluvias ácidas”, y encontró su origen en la reacción producida por la combinación del óxido de nitrógeno y el dióxido de azufre -emitidos por las chimeneas de las fábricas- con la humedad del aire. A su vez estos, al entrar en contacto con el vapor de agua, generaban ácidos nítricos y sulfúricos que acompañaban a las precipitaciones dando forma a ese devastador fenómeno. Veinte años más tarde, en pleno auge del desarrollo de la Revolución Industrial, Smith volcaría su preocupación por el impacto de las actividades del hombre en el medio ambiente en su ensayo “Aire y lluvia. Principios de una climatología química”. También por entonces, el filósofo, naturalista y biólogo alemán Ernst Haeckel acuñaría en su obra “Morfología general de los organismos” el término “ökologie” (ecología) a partir de las palabras griegas “oikos” (casa, vivienda, hogar) y “logos” (estudio, tratado). Para Haeckel, la ecología debía encarar el estudio de una especie en sus relaciones biológicas con el medio ambiente. A partir de aquella obra -y en un sentido amplio- la ciencia de la Ecología se remitió al estudio de la interacción de los seres vivos con el medio ambiente y su transformación a través del tiempo por las comunidades biológicas.

Otros científicos se ocuparon posteriormente del medio en que vivía cada especie y de sus relaciones simbióticas y antagónicas con otras. Así, en la segunda década del siglo XX, tanto el biólogo y zoólogo alemán August Thienemann en su “El concepto de producción en Biología” como el zoólogo y naturalista inglés Charles Elton en su “Ecología animal”, impulsaron la ecología de las comunidades. Trabajaron en conceptos como el de cadena alimentaria, o el de pirámide de las especies, que sostiene que el número de individuos -desde las plantas hasta los animales herbívoros y carnívoros- disminuye progresivamente desde la base hasta la cima. Sin embargo, con el tiempo el concepto de ecología se extendió hasta abarcar el análisis de las propiedades del medio, incluyendo el desplazamiento de materia y energía y su evolución a raíz de la presencia de conjuntos biológicos. Luego, con el correr de los años, aquellas originales inquietudes irían derivando hacia otras más preocupantes a medida que el exponencial desarrollo de la tecnología llevó al agravamiento dramático e incesante de los problemas ambientales a escala mundial, llevando así a que los temas ecológicos pasaran a concitar la máxima atención.

Para el sociólogo y filósofo franco-brasileño Michäel Löwy la presente crisis económica va de la mano de esa crisis ecológica; ambas son parte de una coyuntura histórica más general. En un escenario que se distingue por la “mercantilización de todo”, tal como lo define el sociólogo estadounidense Immanuel Wallerstein en su “Análisis de los sistemas-mundo”, “la humanidad -dice Löwy en el prefacio de su libro “Ecosocialismo”- se enfrenta con una crisis del presente modelo de civilización, la civilización Occidental moderna capitalista/industrial, basada en la ilimitada expansión y acumulación de capital, en la despiadada explotación del trabajo y la naturaleza, en el individualismo y la competencia brutales, y en la destrucción masiva del medio ambiente. La creciente amenaza de ruptura del equilibrio ecológico apunta a un escenario catastrófico -el calentamiento global- que pone en peligro la supervivencia misma de la especie humana. Más allá de un cierto umbral, que podría alcanzarse mucho mas rápido de lo previsto, el sistema climático podría exasperarse de manera irreversible; ya no se puede excluir un cambio súbito y brutal, que haría subir la temperatura global varios grados, a un nivel insoportable. Frente a esta comprobación, confirmada por los científicos y compartida por millones de ciudadanos del mundo entero conscientes del drama, ¿qué hacen los poderosos, la oligarquía de los multimillonarios que dirige la economía mundial?”.

Esta estimación es compartida por el periodista francés Hervé Kempf. Especializado en temas ecológicos, en su libro “Cómo los ricos destruyen el planeta” afirma categórico: “El sistema mundial que rige actualmente la sociedad humana, el capitalismo, se opone de manera ciega a los cambios que es indispensable esperar si se quiere conservar para la existencia humana su dignidad y su promesa. No podemos obviar, por parte de la oligarquía, un deseo inconsciente -incontenible- de catástrofe, la búsqueda de una apoteosis del consumo que llegaría hasta el consumo del propio planeta Tierra por medio del agotamiento. La violencia constituye el núcleo del proceso que funda la sociedad de consumo: el desgaste de los objetos, el valor creado es mucho más intenso en su violento agotamiento. Para los ricos el único valor de nuestra existencia es que necesitan nuestro voto en cada elección para hacer que sean electos los políticos cuya campaña ellos han financiado. A medida que descendemos en la escala de la riqueza, los filtros de las posibilidades de cada uno van despojando la marea de los frutos del cuerno de la abundancia. Los pobres ya no son los mismos de hace veinte años. Antes se trataba de ancianos que pronto iban a  desaparecer; hoy, los pobres son, ante todo, jóvenes llenos de futuro -sí-, pero en la pobreza. El capitalismo moderno está organizado como una gigantesca sociedad anónima. Es necesario comprender que crisis ecológica y crisis social son las dos caras de un mismo desastre. Una cara es el eco de la otra, ambas se influencian mutuamente, se agravan correlativamente”.

También la periodista e investigadora canadiense Naomi Klein critica el hiperconsumismo propiciado por las marcas, la explotación corporativa de las comunidades golpeadas por el desastre o “la ficción del crecimiento infinito en un planeta finito”. Lo hace desde las páginas de su nuevo libro, “Esto lo cambia todo. El capitalismo contra el clima”, en el que asegura que “aún hay tiempo de evitar la catástrofe del calentamiento pero no dentro de las reglas del capitalismo tal como están armadas hoy, lo que, sin dudas, es el mejor argumento de todos los tiempos para cambiar dichas reglas”. Retomando los argumentos utilizados en “No logo. El poder de las marcas” y “La doctrina de shock. El auge del capitalismo del desastre”, sus libros anteriores, Klein insiste en que no se puede prevenir el desastre ecológico que enfrenta la humanidad sin entender esta ideología autómata perpetuada por años. Esa filosofía -el neoliberalismo- promueve un sistema de alto consumo y con hambre de carbón, alienta las megafusiones, los acuerdos comerciales hostiles al medio ambiente y a las leyes laborales, y la hipermovilidad global, lo que permitió que las grandes corporaciones como Exxon, por ejemplo, “hiciera en 2014 más dinero que ninguna compañía en la historia del dinero”. Ese poder descomunal aplasta el proceso democrático y les permite a esas empresas tratar a la atmósfera como un “vertedero de basura”.

En 1988 el físico y climatólogo estadounidense James Hansen, a la sazón director del Goddard Institute for Space Studies de la NASA, dio un testimonio histórico en el Congreso de Estados Unidos al declarar que la ciencia era 99% inequívoca cuando afirmaba que el mundo se estaba calentando y que se necesitaba actuar en conjunto para reducir emisiones. Este diagnóstico fue hecho en pleno auge de la “revolución conservadora” encabezada por Ronald Reagan y Margaret Thatcher, una contrarrevolución presuntuosa que dio lugar al neoliberalismo con su culto a las privatizaciones, la globalización y la conversión de las democracias en plutocracias. Basada en tres pilares de hierro (la descentralización del poder del Estado, la globalización financiera y la socialización del déficit público financiado con deuda y no con impuestos progresivos), esa nueva estrategia capitalista fue la que condujo irremediablemente a la crisis global del siglo XXI. En ese sentido y entrelazando la ciencia con la psicología, la geopolítica, la economía, la ética y el activismo para dar forma a la cuestión del clima, Klein expone en su libro la “deriva del capitalismo hacia el monopolio”, el “intento de los intereses corporativos de captar y achicar drásticamente la esfera pública” y de “los capitalistas del desastre que usan las crisis para pasar por encima de la democracia”. “Todo intento de levantarse contra el desafío del clima no será fructífero a menos que se entienda como parte de una batalla más profunda de miradas del mundo”, dice Klein. “Nuestro sistema económico y el planetario están en guerra”. Y esto es así, efectivamente.

En 1961, en un discurso dado en la ONU, John F. Kennedy manifestaba: “Cada habitante de este planeta debe tener en cuenta que un día este planeta ya no será habitable”. El por entonces presidente de Estados Unidos estimaba que la amenaza era la bomba de hidrógeno (una bomba que su propio país había creado y detonado por primera vez en 1952) y no el caos del clima, al que se consideraba apenas un problema pasajero. Mucho antes, más precisamente en 1899, otro estadounidense -el economista y sociólogo Thorstein Veblen- analizaba en “La teoría de la clase ociosa” la estructura económica de su época y criticaba mordazmente la ostentación que de su estatus social hacían constantemente gala las clases más favorecidas. Cinco años más tarde, en “La teoría de la empresa económica”, Veblen profundizaría en el análisis del contraste entre la racionalidad del proceso productivo industrial y la irracionalidad en el ámbito de las decisiones financieras, un análisis que hoy tiene muchísima vigencia. Esa clase social -hace ya cien años pero mucho más hoy en día-, obsesionada por el consumo ostentoso y la competencia suntuaria, es indiferente a la degradación de las condiciones de vida de la mayoría de los seres humanos y ciega frente a la gravedad del envenenamiento de la biosfera. De la mano de una clase dirigente predadora y codiciosa obstaculiza cualquier veleidad de transformación efectiva; casi todas las esferas de poder y de influencia están sometidas a un pseudorrealismo que pretende que cualquier alternativa es imposible y que la única vía imaginable es la del “crecimiento”.

El antes mencionado Löwy involucra sin tapujos a “los ‘responsables’ del planeta -multimillonarios, directivos, banqueros, inversores, ministros, parlamentarios y otros ‘expertos’- que, motivados por la racionalidad limitada y miope del sistema, obsesionados por los imperativos de crecimiento y de expansión, por la lucha por las partes del mercado, por la competitividad, los márgenes de ganancia y la rentabilidad, parecen obedecer al principio proclamado por Luis XV: ‘Después de mí, el diluvio’. El diluvio del siglo XXI corre el riesgo de tomar la forma, como aquel de la mitología bíblica, de un ascenso inexorable de las aguas que ahogará bajo las olas a las ciudades costeras de la civilización humana”. Esta afirmación nos retrotrae inevitablemente a “La ideología alemana”, obra escrita por el filósofo alemán Karl Marx en 1845 en la que, uniendo la reflexión y la crítica filosófica al análisis histórico y económico, preveía que las fuerzas productivas se convertirían en fuerzas destructivas. Y en su obra posterior, “Crítica del programa de Gotha”, afirmaba que el objetivo de los seres humanos no debía ser producir una cantidad cada vez mayor de bienes sino reducir el tiempo social de trabajo para ampliar de ese modo el tiempo libre de los seres humanos, rompiendo así con la ideología del progreso lineal del positivismo y proponiendo en cambio el socialismo.

Si bien en 1859, en “Contribución a la crítica de la economía política”, Marx habla de convertir “el desarrollo de las fuerzas productivas” en el principal vector del progreso humano sin hacer ninguna evaluación crítica de las mismas, en su obra más famosa, “El Capital”, opuso a la lógica depredadora del suelo del capitalismo el tratamiento racional de la tierra “como eterna propiedad comunitaria, y como condición inalienable de la existencia de la reproducción de la cadena de las generaciones humanas sucesivas”. Para el “pensador del Milenio” (tal como lo calificó una encuesta de la BBC realizada a fines de 1999 en la que votaron personas de todo el mundo), la tierra no es propiedad de nadie; todas las sociedades son sus usufructuarias, con la obligación de conservarla y dejarla en buenas condiciones para las futuras generaciones. Si bien la reflexión ecológica no ocupó un lugar central en su obra (lo que ha sido objeto de una crítica malintencionada), puede encontrarse en ella cierta conciencia del carácter depredador de algunas prácticas económicas como las críticas a la degradación y agotamiento de los suelos o la destrucción de los bosques, resultado de una contradicción insalvable entre la lógica inmediatista del capital y el interés general de la humanidad. Expresiones como “control”, “dominio” o “dominación” de la naturaleza por el hombre, muchas veces no apuntan a los aspectos patrimoniales sino al beneficio que el conocimiento de las leyes de la naturaleza procura a los seres humanos.

Un siglo y medio después de la publicación de la obra cumbre de Marx, un nuevo informe de la NASA presentó un alarmante diagnóstico sobre lo que está ocurriendo: “El planeta Tierra, la creación, el mundo en el que la civilización se desarrolló, el mundo con las normas climáticas que conocemos, con su geografía costera estable, está en peligro, un peligro inminente. La urgencia de la situación solo se cristalizó a lo largo de los últimos años. Ahora tenemos pruebas evidentes de la crisis. La sorprendente conclusión es que la continuación de la explotación de todos los combustibles fósiles de la Tierra no solo amenaza a millones de especies en el planeta, sino también la supervivencia de la humanidad misma, y los plazos son más cortos de lo que pensamos”. Mientras tanto, diversas organizaciones ambientalistas internacionales como Earth Action, Greenpeace o World Wildlife Fund advierten hace años sobre los graves problemas que amenazan al planeta, citando entre ellos al cambio climático, la pérdida de la biodiversidad, el uso y abuso del nitrógeno para la producción de fertilizantes o aditivos alimenticios, la acidificación de los océanos, el desgaste de la capa de ozono y la creciente deforestación.

En un artículo publicado en el nº 12 de la revista “Ideas de Izquierda” aparecida en agosto de 2014, el profesor de Historia en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires Juan Luis Hernández reflexiona sobre “Ecosocialismo”, el libro de Löwy. “La idea central de esta corriente -explica Hernández- es la incompatibilidad entre la subsistencia del capitalismo y la búsqueda de un punto de equilibrio medioambiental. Una clase dirigente obsesionada por el consumo suntuoso y la acumulación, permanece indiferente ante la degradación de las condiciones de vida de la mayoría de la humanidad, como quedó demostrado por el fracaso de las conferencias internacionales sobre el cambio climático, en las cuales Estados Unidos, China y Europa se niegan a reducir las emisiones de los gases responsables del calentamiento global o efecto invernadero”. Löwy sostiene en su obra que una política ecologista no socialista resulta incapaz de solucionar los problemas atacando sus raíces: la priorización de la ganancia y la acumulación, el despilfarro de la gestión no planificada de los recursos naturales. A su vez, cualquier proyecto socialista que no se plantee la resolución de los problemas medioambientales termina convirtiéndose en un callejón sin salida.

El ecosocialismo, síntesis dialéctica de los principios fundamentales del ecologismo y de la crítica marxista a la economía y a la explotación capitalista, es al mismo tiempo una crítica a la “ecología de mercado”, que termina siendo funcional al capitalismo, y a las variantes “socialistas productivistas” del siglo XX (socialdemócratas o estalinistas), basadas en una supuesta expansión cuantitativa ilimitada de las fuerzas productivas, sin tener en cuenta el equilibrio necesario con el medio ambiente. Por el contrario, el ecosocialismo postula una transición al socialismo basada en la protección del medio ambiente, en el cual sea la propia población la que defina democráticamente las prioridades mediante una planificación racional a nivel local, nacional e internacional. El inicio de un proceso de transición al socialismo requiere, junto con la supresión de las relaciones de producción capitalistas y la propiedad colectiva de los medios de producción, el reemplazo de la energía proveniente de la incineración de combustibles fósiles por fuentes de energía renovables (eólica/solar), la reestructuración de ramas enteras de la producción que deberán ser reemplazadas y/o abandonadas, y cambios estructurales en los patrones de consumo de las sociedades.

El término “ecosocialismo” recién empieza a ser utilizado a partir de los años ‘80, cuando el partido político alemán Die Grünen se designa como “ecosocialista”. Hacia esa época se publicó el libro “La alternativa” escrito por un disidente socialista de la Alemania del Este, el filósofo Rudolf Bahro, quien desarrolló una crítica radical del modelo soviético y de Alemania del Este en nombre de un socialismo ecológico. También por esos años el sociólogo y economista estadounidense James O’Connor teorizó su concepción de un marxismo ecológico en su ensayo “Causas naturales” y fundó la revista “Capitalism, Nature and Socialism”, mientras que el político francés Pierre Juquin, en coautoría con otros intelectuales, lanzaba el libro “Por una alternativa ecológica en Europa”, una suerte de manifiesto ecosocialista europeo. Paralelamente en España, en torno a la revista de Barcelona “Mientras Tanto”, se desarrolló una reflexión ecológica socialista, lo mismo que en la revista norteamericana “Monthly Review”, la canadiense “Canadian Dimension” o la francesa “La Décroissance”. En todas ellas se propugna por el predominio del valor de uso por sobre el valor de cambio, la reducción del tiempo de trabajo y de las desigualdades sociales, la ampliación de lo “sin fines de lucro”, la reorganización de la producción de acuerdo con las necesidades sociales y la protección del medio ambiente.

La premisa central del ecosocialismo -explica Löwy- es que todo socialismo no ecológico es un callejón sin salida. Una ecología no socialista es incapaz de tomar en cuenta las apuestas actuales. La asociación del “rojo” (la crítica marxista del capital y el proyecto de una sociedad alternativa) y del “verde” (la crítica ecológica del productivismo que realiza) no tiene nada que ver con las combinaciones gubernamentales denominadas “rojiverdes”, las que no son más que coaliciones entre la socialdemocracia y ciertos partidos verdes que se forman alrededor de un programa social-liberal de gestión del capitalismo. El ecosocialismo es una proposición radical que ataca la raíz de la crisis ecológica, que se distingue tanto de las variantes productivistas del socialismo del siglo XX (ya sea la socialdemocracia o el “comunismo” estalinista), como de las corrientes ecológicas que se adaptan, de una manera o de otra, al sistema capitalista. Es una proposición radical que no sólo apunta a una transformación de las relaciones de producción, a una mutación del aparato productivo y de los modelos de consumo dominantes, sino también a crear un nuevo paradigma de civilización, en ruptura con los fundamentos de la civilización capitalista/industrial occidental moderna.

Si es o no el ecosocialismo el camino adecuado para responder a las necesidades sociales reales es materia discutible. Lo que sí parece estar muy claro es que hoy la preservación del medio ambiente es incompatible con la lógica expansiva y destructiva del sistema capitalista. La búsqueda del “crecimiento” bajo la égida del capital está conduciendo a las especies vivientes a una catástrofe sin precedentes en la historia de la humanidad: el calentamiento global. Este fenómeno está haciendo aumentar la temperatura del planeta a un ritmo cada vez más intenso. El resultado inmediato es el derretimiento de los glaciares de Asia, Europa y América, del casquete Ártico y de la Antártida. La consecuencia es el aumento del nivel de los océanos, que en pocos años o décadas anegarán las ciudades costeras donde vive la mayor parte de la población humana. En lo que respecta a la Antártida, los últimos estudios de la NASA dan cuenta del inicio de un proceso irreversible de retroceso de los glaciares próximos al Mar de Amundsen. En Groenlandia y el casquete Ártico la situación es aún peor. Año a año, el deshielo de la banquisa -como se llama la capa de hielo que flota sobre el océano- alcanza nuevos récords, afectando el hábitat de la fauna ártica, contribuyendo al aumento del nivel de los océanos y disminuyendo la capacidad de refracción solar de la banquisa. “Este fenómeno -explica el antes citado profesor Hernández-, provocado por una mayor emisión de gases de efecto invernadero, es consecuencia de, y a la vez retroalimenta, el desajuste climático global”.

En Sudamérica, entre los problemas medioambientales más urgentes se destacan la deforestación de la Amazonia y la minería a cielo abierto. A pesar de su frondosidad, la floresta amazónica es un ecosistema muy frágil. Su carpeta vegetal tiene un espesor de apenas 30 a 40 cm. de humus (contra 90 a 120 de las llanuras o praderas). Por este motivo, las raíces de los árboles se extienden en forma horizontal, cuando se lo tala se pierden muchos metros cúbicos de tierra, arrancados con las raíces. En la superficie deforestada es muy difícil el cultivo de soja o cereales, ya que en poco tiempo se agotan las nutrientes; si se introduce ganado, éste come el pasto desde las raíces y destruye con las pezuñas la débil carpeta vegetal. En suma, en pocos años solo queda tierra árida, como se puede apreciar a simple vista en las orillas del Amazonas. Desde hace siglos, los grupos étnicos que habitan la Amazonia cultivan mandioca, maíz y yuca sobre el igaporé, las tierras inundables en donde las crecidas de los ríos depositan un limo fértil, bajo la sombra protectora de los árboles. Estos métodos sencillos siguen dando mejores resultados que los de los “agronegocios”, haciendo realidad la hipótesis que Walter Benjamin expresara en 1928 en su “Calle de sentido único”: los supuestos impulsores del progreso propagan en realidad la barbarie. En manos de terratenientes y capitalistas, que sólo apuntan a maximizar ganancias en el corto plazo, la Amazonia corre el riesgo de desertificarse en poco tiempo, con consecuencias incalculables sobre el clima de todo el planeta, del cual constituye hoy el principal pulmón productor de oxígeno.

La megaminería o minería a cielo abierto, por su parte, implica la voladura con toneladas de explosivos de las montañas, la pulverización de las rocas y la separación mediante sustancias químicas de los metales de la escoria residual. Este proceso provoca la destrucción irreversible del entorno natural e insume enormes cantidades de agua. En definitiva, consume los recursos fundamentales de un territorio para la reproducción de la vida en todas sus formas, en aras de explotaciones mineras intensivas que no perduran más de dos o tres décadas. Dadas estas circunstancias, es menester clarifi­car teóricamente las relaciones esenciales del hombre con la naturaleza dado que la humanidad nunca ha sido tan dependiente como en estos tiempos en que la globalización de la economía, de la política y de las fuentes de infor­mación hace y deshace a su antojo. Es necesario repensar la vinculación hombre-naturaleza ya no mera­mente en un marco nacional como lo planteaba Hegel, sino en el del planeta entero. Las revoluciones del siglo XX levantaron como banderas de redención la lucha por el pan, la tierra, la libertad y la paz entre los pueblos. Las revoluciones del siglo XXI deben ampliar la agenda, incluyendo otros horizontes, entre ellos, la preservación del medio ambiente en el cual la humanidad construye, día a día, su presente y su porvenir.