LA OPRESIÓN DE LA MUJER, PRIMERA FORMA GENERALIZADA DE DESIGUALDAD SOCIAL

Entre la sociedad del comunismo primitivo de la horda y del clan, y las primeras formas de sociedad fundadas en la dominación de una clase sobre otra (por ejemplo, la sociedad esclavista), se inserta una época de transición en cuyo transcurso aún no se ha desarrollado plenamente una clase dominante propietaria, pero en la que la desigualdad social emergente está ya institucionalizada. Conocemos la existencia de este tipo de sociedad no sólo por numerosos vestigios y descripciones del pasado, que subsisten especialmente en lo mitos, leyendas y religiones llamados “primitivos”, sino también por la sociedad de linaje que, en algunas zonas rurales de África negra, aún existen hoy, aunque sea de una manera cada vez más deformada a raíz de su simbiosis con la sociedad de clase que predomina en todos los países donde aquélla sobrevive.

La primera forma institucionalizada de desigualdad y opresión social es la opresión de la mujer por el hombre en las sociedades primitivas que han alcanzado esta etapa de su desarrollo. La opresión de la mujer no existió siempre. No es el resultado de una fatalidad biológica que pesaría sobre el sexo femenino. Por el contrario, hay abundantes antecedentes en la Pre­historia y en la sociedad de comunismo de clan, que confirman que ella estuvo largo tiempo signada por la igualdad de los sexos.

Aunque nos faltan datos para poder generalizar este fenómeno a todo el conjunto de la humanidad primitiva, está de todas formas demostrado que, al menos en una serie de esas sociedades, las mujeres jugaron inclusive un papel socialmente dominante. Basta recordar el fenómeno ampliamente conocido de la “diosa Fertilidad”, dueña del cielo, en los albores de la agricultura, inventada por las mujeres, para deducir que la sustitución no menos generalizada de esa diosa por un dios (luego por un dios monoteísta) no puede ser accidental. La revolución en el cielo refleja una revolución que se había producido en la tierra. La transformación de las ideas religiosas es el resultado de una transformación de las condiciones sociales, de las relaciones recíprocas entre hombres y mujeres.

A primera vista puede parecer paradójico que mientras se afirma el papel económico predominante de la mujer, gracias a su función esencial en los trabajos del campo (revolución neolítica), comienza, poco a poco, la era de su sujeción social. Pero aquí no hay ninguna contradicción verdadera. En la medida en que la agricultura primitiva cobra impulso, la mujer se convierte doblemente en la principal fuente de riqueza de la tribu: como principal productora de víveres y como procreadora, ya que sólo a partir de una base más o menos segura de aprovisionamiento de víveres, el crecimiento demográfico no es más tenido como amenaza, sino como beneficio potencial. A raíz de este mismo hecho la mujer se vuelve objeto de codicia económica, lo que era imposible en la época de la caza y la recolección de frutos.

Para que pudiese realizarse esta sujeción debieron operarse una serie concomitante de transformaciones sociales. La mujer debió ser “desarmada”, es decir, que el oficio de las armas debió volverse monopolio masculino. Las numerosas leyendas sobre las amazonas, que sobreviven en todos los continentes atestiguan claramente que esto no ha sido siempre así. La situación de la mujer también debió ser transformada a causa de las modificaciones radicales de las reglas del matrimonio y de la socialización de los hijos, tendientes a asegurar la preponderancia del patriarcado.

Con el desarrollo y la posterior consolidación de la propiedad privada, la familia patriarcal toma progresivamente la forma definitiva que ha conservado, a pesar de modificaciones suce­sivas, a través de buena parte de la historia de las sociedades de clase. Ella se convierte en una de las instituciones principales e irreemplazables que garantizará la perennidad de la propie­dad privada, a través de la herencia, y la opresión social bajo todas sus formas (compren­didas también las estructuras mentales que eternizan la a aceptación de la autoridad “venida de arriba” y de la obediencia ciega. Se transforma en caldo de cultivo de innumerables discriminaciones en perjuicio de la mujer, en todas las esferas de la vida social. Las justificaciones ideológicas y los prejuicios hipócritas que sostienen esas discriminaciones, forman parte integrante de la ideología dominante de prácticamente todas las clases pudientes que, hasta ahora, se han sucedido en la historia.

Ernest Mandel