LA CORRUPCIÓN Y EL DETERIORO SOCIAL

Desde hace algunos años, la Organización No Gubernamental «Transparency International» (Transparencia Internacional), con sede en Berlín, elabora el Índice de Percepción de la Corrupción, en cuyo ranking los países latinoamericanos ostentan el dudoso privilegio de estar entre los peor calificados del planeta junto a los africanos y en las antípodas de Dinamarca, Finlandia, Suecia, Canadá u Holanda quienes califican como los más honestos del mundo.
Si bien la corrupción ha existido siempre y en todas partes, es evidente que en los últimos años el fenómeno se ha desarrollado exponencialmente. Hay un notorio debilitamiento de las bases republicanas a partir de los sucesivos quiebres institucionales que padecieron muchos países en las últimas décadas. Golpes de estado, golpes institucionales, asonadas, rebeliones y chirinadas se sucedieron ante la notable indiferencia de la gente, que en mayor o menor grado, aprobó con naturalidad las interrupciones al orden constitucional sin advertir las trágicas consecuencias que tales hechos traerían aparejados en la vida cotidiana de todos los ciudadanos. Ciertamente, cada gobierno (de facto o constitucional) que asumía, comenzaba su gestión arrastrando «la pesada herencia» que le dejaba el anterior, desdeñando la responsabilidad que le cabía, ya sea por acción u omisión durante el período precedente, remitiéndonos al viejo cuento del huevo y la gallina; pero lo que es absolutamente cierto es que jamás la corrupción fue tan desembozada como en los últimos tiempos. Basta hacer un ligero ejercicio de la memoria para encontrar suficientes episodios que sustentan acabadamente esta aseveración.
Cuando se habla de corrupción, se tiende a responsabilizar solamente a algunos sectores de la sociedad como los políticos, los sindicalistas o los empresarios como sus exclusivos depositarios, aunque también existen personas que creen que se da necesariamente dentro de las estructuras del Estado, presuponiendo que sus mecanismos permiten crear focos de corrupción que se reducirán en la medida que éste desaparezca. En realidad, no sólo son corruptos aquellos que se enriquecen ilícitamente, lo es también el sistema de valores de la sociedad que admite la corrupción y a cuya sombra ésta prospera.
Cuando la sociedad acepta resignadamente al individuo económicamente poderoso, aunque las sospechas de que su fortuna fue mal habida son numerosas, es evidente que algo funciona mal en su seno; de algún modo todos estamos involucrados desde el momento en que miramos ciertos programas de TV o leemos determinadas revistas en las que los personajes «exitosos» se florean mostrándonos sus riquezas descaradamente, cuando no mucho tiempo atrás aparecían en la sección «judiciales» de los diarios intentando explicar lo inexplicable, esperando que el tiempo corra y tienda un piadoso manto de olvido.
En la actualidad se ha creado un círculo vicioso entre el poder político y el poder económico: mediante las contribuciones a los partidos, por ejemplo, el poder económico adquiere poder político, y éste sirve de trampolín para alcanzar el poder económico. La ambigüedad de las leyes contribuye a potenciar el equívoco: el pago es legal cuando se trata de una campaña política y se lo califica de soborno cuando a los políticos que alcanzaron su puesto en la administración pública gracias a aquellas contribuciones, se les paga para obtener determinados favores. Desde el punto de vista económico, es imposible diferenciar el uno del otro.
Durante los últimos años, se ha pretendido convencernos de las bondades de la economía de mercado, moderno eufemismo en lugar de capitalismo salvaje, y de la globalización, moderno eufemismo en lugar de imperialismo; para ello, el poder central encarnado en los países altamente industrializados asociados en el G8, contaron con el denodado esfuerzo de sus esbirros mediáticos y sus adláteres financieros. Los gobiernos de los países del tercer mundo llevaron hasta límites insospechados las «sugerencias» de los organismos internacionales de crédito como el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial, sumergiéndonos violentamente en el proyecto de «país en vías de desarrollo» (eufemismo por país subdesarrollado), auspiciando la «teoría del derrame» (impulsar el crecimiento ilimitado de las burguesías económicas nacionales, para que, una vez que ella acumule grandes ganancias, éstas se derramen como por arte de magia entre la gente). Los resultados están a la vista: los mayores índices de desempleo, de trabajo informal, de corrupción, de pobreza, etc. que se han conocido en nuestra historia. Eso sí, tenemos teléfonos celulares, televisión por cable y shoppings para entretenernos a modo de novedosos vidrios de colores como los que traían los conquistadores en sus carabelas hace 500 años.
Todo lo profetizado sabiamente por Discépolo en su popularísimo tango «Cambalache» se manifiesta oprobiosamente en la actualidad. Hemos llegado, por fin, al «vale todo»; si la política es el arte de lo posible, pues entonces hagamos todo lo posible y más aún, lo inimaginable: comprar diputados para que aprueben leyes, privatizar las empresas públicas mediante dudosas licitaciones, sentar en la mesa del directorio de las compañías transnacionales a los jefes sindicales que supuestamente defienden a los trabajadores, premiar a los renunciantes funcionarios sospechados de corrupción con algún puestito en una embajada o consulado, postular a artistas y deportistas para que su popularidad impulse el triunfo de una lista en las elecciones, observar impávidamente como muchas personas a quienes elegimos mediante el voto se enriquecen espectacularmente sin que sus ingresos lo justifiquen, etc., etc., etc. ¿Propuestas ideológicas? ¿Para qué? Dejemos todo en manos del «mercado», que él se autorregulará y hará lo indispensable por nuestro bienestar.
Hoy, cuando los discursos políticos suenan cada vez más huecos e increíbles y no entusiasman a nadie, cuando el ejemplo de probidad y honestidad que debieran dar los dirigentes sencillamente apesta, cuando la ética ha huido espantada ante tanto cretinismo, la gente ya no admite hacer sacrificios y posponer su propio interés con el fin de reconstruir la solidaridad y ha optado por la actitud individualista. Las sociedades hoy, se han vuelto por imperio de las circunstancias, más hedonistas, más egoístas. Nadie se preocupa por la comunidad como lo hacían nuestros abuelos inmigrantes; ahora, lo único que le da sentido a su vida es el poder y la riqueza, y como la inmensa mayoría no es ni rica ni poderosa, se consuela admirando y tolerando a los que han llegado a serlo sin importarle de qué manera lo han conseguido. Es necesario sustituir esta visión economicista de la vida que a través de la racionalidad egoísta de los individuos amenaza a la esencia ética de la sociedad, por una visión utópica del futuro que contenga un programa de cooperación mínimo necesario para vivir en ella.

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