¿ES EL MARXISMO UNA CIENCIA?

Si la ciencia (del latín “scientia”: conocimiento) es el conjunto de conocimientos racionales, exactos y verificables obtenidos mediante la observación y el razonamiento, y de los que se deducen principios y leyes generales, entonces debemos concluir que la respuesta a la pregunta es sí. Entre los frecuentes errores que se cometen acerca del marxismo, uno de los más difundidos consiste en afirmar que es básicamente una política que intenta una interpretación del mun­do, desprovista de una elaboración científica que la sustente y que sólo puede justificarse con posterioridad a la ocurrencia de los hechos. Sin embargo, tal como el propio Karl Marx afirmaba, dicha elaboración racional acerca de las teorías del pensamiento moderno comenzaron mucho antes que él y, naturalmente, le sirvieron de sostén, como por ejemplo las investigaciones sobre el trabajo como relación activa y fundamental del hombre con la naturaleza y sobre la división del trabajo social, las que fueron iniciadas a fines del siglo XVIII en el país que en ese momento había alcanzado el mayor grado de desarrollo industrial -Inglaterra-, por una serie de grandes economistas: William Petty, Adam Smith y David Ricardo.

Por otra parte, las investigaciones sobre la naturaleza como realidad objetiva y como origen del hombre, fueron iniciadas y proseguidas por reconocidos filósofos materialistas: Paul Henri de Holbach, Denis Diderot, Claude Helvetius y Ludwig Feuerbach. En cuanto a las investigaciones sobre las clases sociales y sus luchas, fueron comenzadas por los historiadores franceses del siglo XIX: Augustin Thierry, Francois Mignet y Francois Guizot, en el transcurso mismo de los acontecimientos revolucionarios de la época. La ruptura con la concepción de un mundo armonioso ocurrió a mediados del siglo XVIII y se halla virtualmente en la obra de Voltaire, en la de Jean Jacques Rousseau y en la de Immanuel Kant. Tampoco la influencia de Thomas Malthus puede ser subestimada a pesar de todos sus errores; más tarde Charles Darwin daría el golpe de gracia al optimismo fácil. Pero, en lo que a esto se refiere, la obra esencial fue y sigue siendo la de Georg W.F. Hegel. Sólo él reveló y puso a plena luz la importancia, el papel y la multi­plicidad de las contradicciones en el hombre, en la historia y hasta en la naturaleza. También los grandes socialistas franceses del siglo XIX plantearon problemas nuevos: el problema de la organización científica de la economía moderna estudiado por Henri de Saint-Simon; el problema de la clase obrera y del porvenir político del proletariado esbozado por Pierre Joseph Proudhon y el problema del hombre, de su porvenir y de las condiciones de la realización humana bosquejado por Charles Fourier.

Finalmente, conviene no olvidar que la palabra “marxismo», que ha pasado a ser de uso corriente, contiene una especie de injusticia; el marxismo fue desde sus comienzos el resultado de un verdadero trabajo colectivo en el que se desplegó el propio conocimiento de Marx, pero la contribución de Friedrich Engels no puede ser silenciada y puesta en segundo plano. Todos estos elementos múltiples y complejos, bosquejados y definidos por los filósofos y científicos antes mencionados, se vuelven a encontrar en el marxismo. El talento de Marx (y de Engels) consistió en aprehender todas esas doctrinas en sus relaciones has­ta entonces ocultas, en ver en ellas las expresiones, fragmentarias pero inseparables, de la civilización industrial moderna, de sus problemas y de las claridades nuevas arrojadas sobre la naturaleza y la historia por esos nuevos tiempos.

Marx supo destruir los compartimientos estancos, liberar tales doctrinas de sus limitaciones; captarlas, por lo tanto, en su movimiento profundo. Mientras ellas se oponían contradictoriamente y se contradecían a sí mismas, Marx supo resolver esas contradicciones y transformar profundamente esas doctrinas incompletas. Supo elaborar a partir de ellas una teoría nueva, profundamente original, pero de una originalidad que no debe entenderse de manera subjetiva, como expresión de la fantasía, la imaginación creadora y el genio individual de su creador. La originalidad reside, precisamente, en el hecho de que se sumerge en la realidad, la descubre y la expresa, en lugar de separarse de ella y disociar un fragmento aislado. Así contiene, pero transformándolas, todas las doctrinas que la prepararon y que, consideradas en sí, tenían un carácter fragmentario.

Pero la obra de Marx y de Engels no se reduce a la realización de esta síntesis transformadora de sus elementos. Se le debe también la comprensión neta y clara de la importancia de los fenómenos económicos y la afirmación neta y clara de que esos fenómenos requerían un estudio científico y racional, efectuado metódicamente, acerca de hechos objetivos y determinables, lo que pasó a denominarse materialismo histórico. Igualmente pertenecen a Marx el descubrimiento de la estructura contradictoria de la economía capitalista y el análisis del hecho crucial, de la relación esencial (y esencialmente contradictoria) que conforma a esa clase de economía: el salario y la producción de plusvalía.

Del mismo modo, es trascendental la interpretación que hace Marx al referirse a los problemas económicos como política de Estado. Todo lo que se observa en relación con las teorías políticas, en general, se encuentra reunido y concentrado en el marxismo, cuya función, es una función integradora y de adaptación de ideas. El fascismo, y con él todos los movimientos populistas latinoamericanos del siglo XX, también tiene un elemento ideológico, pero es ante todo, un movimiento práctico al que la ideología acompaña pero no lo precede. El marxismo en cambio, no es meramente un movimiento político, sino que en él la ideología es el eje, el verdadero resorte de todo movimiento. El fascismo puede prescindir de una teoría, el marxismo es inconcebible sin ella; el marxismo es una teoría científica, la teoría fascista no tiene esa pretensión, no es una ciencia, es un programa.

La teoría marxista como teoría económica es una teoría que reduce todo a concepciones económicas: el Estado no puede ser una entidad en sí mismo, sino que es sólo el ámbito en el que se desarrollan las condiciones de producción. Como el Estado no es la expresión del bien común, porque la idea de bien común es una ilusión, o más bien, una mentira para enmascarar la opresión de una clase por otra, lo que determina el éxito o el fracaso de una ideología, es el uso que se haga de esa ideología aplicada a la administración de un Estado. En este punto es donde se concentran las mayores críticas a la teoría marxista y es, en todo caso, lo que se puede cuestionar. De ahí a discutir al marxismo como ciencia existe una gran diferencia. Si aceptamos la definición amplia de marxismo como concepción del mundo y como explicación de la problemática socio-económica de la época moderna, se ve claramente que el marxismo trasciende al estudio e interpretación de la obra de Karl Marx, por lo que no es correcto concebirlo únicamente como el pensamiento o la filosofía de Marx. Es evidente que algún día no se dirá más «marxismo», como ya no se dice «pasteurismo» para designar la bacteriología.

 

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